viernes, 15 de mayo de 2009

Porgrama del Domingo 17 de mayo


Este domingo en "El último refugio" por radio Mitre Córdoba, de 18 a 24 hs: Lucas Heredia cantando en vivo, "Canciones de acá" y otras. Además: Rodolfo Terragno con el libro "Diario íntimo de San Martín"; Hilda Herrera con música para el alma; obra de teatro "Cuando una se descubre mujer" con el autor y director, Jorge Arán; Libros de Subsuelo de Ediciones Recovecos, una entrevista a Carlos Ferreyra; Encuentro Internacional de Arte Audiovisual Digital por Gianna Faccin Zaconett; La música de los esclavos por Clarisa Pedrotti;"Con tus propias palabras" programa de cuento y poesia para niños y adolescentes; Cortos de genio, Rompecabezas y mucho más.
Con la conduccion de Gustavo Trombetta por Radio Mitre Córdoba AM810, FM 97.9 y por web www.radiomitre810.com.ar.

miércoles, 4 de febrero de 2009

lunes, 26 de enero de 2009

Los sueños


Los sueños nos permiten seguir adelante en nuestra vida, empezar y continuar disfrutando de ella. Hay sueños redondos, cuadrados, intensos, aplacados, verticales y horizontales. De acuerdo a la estructura de nuestra vida y su carácter. Hay sueños que fueron soñados desde siempre. Sueños de corto y largo plazo. Sueños que se cumplen y los que nunca llegan a plasmarse. Sueños de enamorados. Esos hasta pueden ser platónicos, románticos, apasionados. También hay sueños frustrados, los que producen un gusto amargo al solo recordarlos. Sueños de pupilas abiertas o cerradas. Los que hacen pensar ¿estaba despierto o dormía? Hay sueños diarios y nocturnos. Dependen de la intensidad de lo vivido. También están los que a través de una hendija se puede ver su luz tenue esperando apagarse. Hay sueños que instan a la aventura, a la exploración de lugares desconocidos, son los que nos hacen fuertes y valientes. Hay sueños modestos y glamorosos. Hay sueños que los sentimos con los pies o con la cabeza. Sueños que nos mantiene de patas para arriba o los que nos hacen pisar bien fuerte la tierra. Los que nos permiten volar o los que nos aplanan. Todos los sueños que soñamos nos permiten imaginar, armar nuestro rompecabezas de la vida. Encontrar la pieza que calce justo con la que viene. Ellos nos mantienen vivos.

Los sonidos de la noche

Toco el teclado. Mis manos húmedas se hunden en él. Se pegan como adhesivo a la madera. Y tengo que hacer un esfuerzo por despegarlas. Ya las tengo rojas. Me duelen. Eso que recién empiezo. Estoy sentada en el sillón de cuero, color negro. Mi espalda desnuda se incrusta a él, como los cuerpos de los amantes que en una noche de gozo no quieren separarse. Son más de las cero horas pero el calor es insoportable aquí adentro. Al lado Alejandro duerme pasivamente con las ventanas abiertas y su cuerpo estirado como si estuviera estaqueado: desplegado en toda la cama, no se mueve. Ya entraron los mosquitos, porque de vez en cuando se escuchan cachetadas. No vienen a mí porque tengo las luces prendidas y pienso que eso los espanta. Y además porque cerré la ventana. Pero lo que si me agrada es que puedo ver a través de los vidrios como luce la noche. Está estrellada, ni una nube, ni un aguacero cercano, solo la luz de las estrellas y de la luna lo inundan todo. Se ve con claridad que es una noche serena. Por eso decido abrir la ventana y contemplarla. Inmediatamente una bocanada de aire fresco recorre mi cara, cierro los ojos y me dejo arrastrar por los misterios que ella trae. El rocío cayendo al pasto y a las plantas, las hojas de los árboles moviéndose al ritmo de los pájaros dormidos. Las siluetas de las casas vecinas se transforman en distintas figuras. Hay altas, bajas, entrelazadas, dispersas. Los árboles espesos se transforman en bosques. En cuyo interior se sienten distintos sonidos: el ulular de una patrulla, los insectos que vuelan y saltan, repiqueteando en las ventanas, los autos que braman en la avenida Rafael Nuñez, las chicharras que cantan a la soledad de la noche. Un gato camina de un poste a otro, mientras con su cola danzante toca una rama y otra, persiguiendo una presa. Quizás acosa a un ratón que osó salir a merodear las bolsas de basura que hay en los patios en busca de alguna cáscara de queso u otro desperdicio domestico. Acaso ande en busca de una gatita que silenciosa lo espera en algún techo. O solo decidió, como yo, hacer lo que mas le gusta: disfrutar la noche. De a ratos se escuchan silbidos que vienen desde el frente y también pasos ligeros. Puede ser alguien solitario que regresa a su casa. Pero presiento que es más de uno, seguro que es un grupo de adolescentes. Quienes recorren las calles en busca de diversión, con sus patinetas al hombro. O solo charlando y riéndose entre ellos. Se juntan en las esquinas o en alguna casa vecina para pasar el verano de la manera más intensa. Tratan de que nada se les escape, todo plan viene bien hasta el regreso de las clases. Ahora escucho el tic tic de un insecto pegando en el piso al lado de mis pies. No sé si es un cascarudo, una cucaracha pequeña, o un grillo. Solo viene a interrumpir mis pensamientos. Igual que él niño que acaba de despertar en la casa de al lado, su llanto es pausado, de a ratos estalla. Su madre lo contiene. Shh shh se escucha. Seguro está parada, con él en los brazos, sosteniéndolo con cariño. Sus manos dormidas deben acariciar su carita enrojecida por el esfuerzo de la queja. Entonces ella se levantará la remera que lleva y desvestirá sus pezones para que el niño se aferre a él y los succione calmando el hambre. Así un sonido nocturno desaparece. Y otro aparece. Esta vez son las notas de un piano, que retumba en las paredes, no logro discernir desde donde surgen. Solo puedo notar que es una suave melodía, tal vez algo de Richard Clayderman. Seguramente una pareja tiene una velada romántica, o es un principiante que ensaya sus obras. O posiblemente un artista decidido a engalanar la noche de magia y llenarla de música. Eso no importa, solo que ahora llegan a mis oídos y se confunde con otros sonidos de la noche. Puedo sentirlo, es un solo eco. Lo inhalo para mis adentros y lo meto a mis pensamientos. Hasta que una frisa madrugadora levanta mis parpados y me hace abrir los ojos. Y veo al lucero acercándose amenazante. Entonces decido cerrar la ventana hasta la próxima noche. En la que nuevamente decida percibir sus sonidos.

martes, 20 de enero de 2009

Los olores


Los olores que percibimos nos acompañan para siempre. Tienen un refugio en el alma, en la memoria, en las imágenes detenidas que perduran inmóviles al paso de los años. Los olores trascienden el tiempo y quedan pegados a los hechos de la vida. Nos recuerdan lugares, personas, momentos. Para regresar luego a través de las circunstancias que los deja al descubierto. Hay olores que rememoran las lágrimas de las cebollas volcadas en las manos de una madre, de la salsa para los tallarines que hacía la abuela los domingos para toda la familia. A la masa amasada a mano por mamá para los centenares de ñoquis que nos deleitaba darle la forma con el tenedor. Hay olor a leche recién hervida en la olla de hierro, que al volcarse un poquito, las brasas la quemaban. Olor a pizza casera con harina, sal y soda de sifón. Olor a pan horneado: el salado con grasa y chicharrón. Y el pan dulce con vainilla y pasas de uvas. Todos éramos dueños de algunas de sus figuras: de las palomas, los pescados o de las estrellas. Hay olor a dulce de leche, la ordeñada, que nos hacía nuestra madre. Y recuerdos de las peleas por ser el primero en quedarnos con la olla, para raspar lo que quedaba de él. A los bifes hecho por la nona en la cocina a leña. Olor a mate cocido del desayuno. Olor a arroz con leche con una pizca de canela. Olor a sandia que comíamos en la infancia durante las siestas. A tierra húmeda después de la lluvia. A pescado en los puertos. Al perfume Crandall de los colectivos de Buenos Aires. Y hay tantos otros olores… que siempre nos hacen retroceder a un tiempo pasado.

viernes, 16 de enero de 2009

La trama de la vida

La historia arma los eslabones del tiempo. Que unidos van tejiendo las tramas de la vida. Esa red infinita, que conserva en su seno los avatares perdurables del mundo. Cada hombre, cada día, escribe una pequeña parte de la suya. Para dejar su huella desde el lugar en que se encuentre. Ya sea desde una ignota selva, los temidos desiertos, los gigantes mares, desde las ciudades más pobladas o aquellas que pasan desapercibidas. De un polo a otro polo. En silencio o a viva voz. En soledad o en completa compañía, siempre está armando su recorrido incansable por los hilos de la existencia. Es su propio constructor. Es ahí donde es el completo dueño de si mismo, de sus sueños, sus ideas, su lucha o flaquez. Y entonces contribuye al milagro de la memoria perdurable que traspasa los espacios, las geografías, las épocas, los hombres. Donde quedan grabados nuestros pasos, nuestros gestos, nuestras palabras, nuestros hechos. Como una semilla, que después de ser germinada contará otra historia parecida a la nuestra. Así, continuará tejiéndose la trama de la vida.

martes, 13 de enero de 2009

La Trochita


El Viejo Expreso Patagónico es la muestra, aún viviente, del esfuerzo de la gente en una tierra tan hermosa como agreste, prometedora pero sacrificada, en tiempos en que el progreso era la fuente de todas las utopías. “La Trochita”, su historia y la de su gente es sin dudas fascinante y está escrita en cada pueblo, en cada vagón, en cada estación… representa el verdadero “Espíritu del Sur”.
“La Trochita” es parte de la gran historia de la Patagonia Argentina. Debido a ella nacieron numerosos y esforzados pueblos, los mismos que sufrieron con su decadencia. A pesar de que el paso del tiempo la dejó fuera de la competencia con los nuevos y más veloces medios de transporte, este ferrocarril es hoy uno de los más valiosos patrimonios históricos, culturales y tecnológicos.
Para conocer su historia hablamos con Sr. Américo Austin, coordinador de La Trochita.


Óleo de Gisela Woschnagg de Yagüe

lunes, 12 de enero de 2009

El Dúo Cadencia en vivo en la radio

Este duo integrado por Susana Cagnolo en voz y Jorge Gaiteri en guitarra y voz, aborda el género musical Trova, siendo sus referentes Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Jorge Fandermole y Silvina Garré, entre otros. Su repertorio incluye clásicos del género y composiciones propias.

En el año 2007 comenzaron actuando como teloneros de Juan Carlos Baglietto. Luego participaron en el 9º Aniversario del Ciclo “A guitarra limpia” junto a trovadores del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau en Cuba; en el 2008 actuaron en el Primer Encuentro de Trovautores organizado por el Centro Cultural El Recodo del Sol, de Unquillo, junto a figuras como Raúl Carnota, Jorge Marziali.
También del Ciclo “los lunes de la Voz”, organizado por el diario La Voz del Interior y en el Segundo Encuentro Internacional de Rosario en los festejos de los 8o años del nacimiento del Che Guevara, entre otras participaciones.
En noviembre de 2008 grabaron su primer CD, con canciones propias, que se llama “Como el agua del río”.

¿Quien fue José Marmol?

Nació el 2 de diciembre de 1818 en Buenos Aires. Fue escritor y poeta. Vivió durante el período en el que el país se encontraba en medio de la guerra civil entre unitarios y federales. Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, estuvo un tiempo en prisión. Después emigró a Montevideo y utilizó sus versos para atacar el gobierno porteño.
En 1851 publicó Armonías, que contiene poemas políticos y personales. Entre sus publicaciones figuran también la novela costumbrista Amalia y Los cantos del peregrino. Murió en Buenos Aires en 1871.
Una de sus frases lo recuerda:
“Y fue sobre la llama de esas velas que carbonicé algunos palitos de yerba mate para escribir con ellos sobre las paredes de mi calabozo, los primeros versos contra Rosas y los primeros juramentos de mi alma de diecinueve años, de hacer contra el tirano y por la libertad de mi patria, todo cuanto he hecho y sigo haciendo, en el largo período de mi destierro.”

Concurso sobre cuentos de fútbol



Con el fin de promover la literatura deportiva, la Editorial Deportiva AL ARCO junto al Ministerio de Educación de la Nación lanzaron la convocatoria al Primer Concurso Nacional de Cuentos de Fútbol "Roberto Jorge Santoro".
Este concurso, está dirigido a escritores nacionales mayores de 18 años y narradores extranjeros que hayan cumplido los cinco años de residencia en la Argentina y deseen presentar una obra desconocida que tenga como tema disparador la temática del fútbol. Los 10 cuentos ganadores serán parte de un libro que se editará el próximo año.
Los textos se recibirán hasta el 31 de marzo de 2009 y serán remitidos por correo a la avenida Díaz Vélez 3393, 3° Piso K, de la Ciudad de Buenos Aires (CP 1200).
El jurado del concurso está integrado por el escritor Juan Sasturain y los periodistas Ezequiel Fernández Moores, Ariel Scher y Walter Saavedra.
El concurso lleva el nombre del escritor y periodista deportivo (Roberto Jorge Santero) que creó del libro Literatura de la pelota y es uno de los desaparecidos durante la última dictadura militar en el país.
Literatura de la pelota publicada en 1971, fue la primera compilación de textos de fútbol hechos en Argentina, que combinó palabras de los escritores como Juan Gelman o Jorge Luis Borges con los cantos de las hinchadas.
Bases del concurso e información a www.librosalarco.com.ar

Aretha Franklin, la mejor cantante de la historia, según la revista Rolling Stone

La "reina del soul", Aretha Franklin, ha sido elegida como la mejor cantante de todos los tiempos por la revista Rolling Stone, que en el último número de su edición española ha publicado una lista con los cien intérpretes más destacados de la historia del rock. La "reina del soul" ocupa el primer puesto, seguida por Ray Charles y Elvis Presley.
Los vocalistas negros acaparan los primeros diez puestos de esta lista, ya que junto a Aretha Franklin –nacida en Memphis el 25 de marzo de 1942–figuran Ray Charles, en el segundo puesto; Sam Cooke, en el cuarto; Marvin Gaye, en el sexto; Otis Redding, en el octavo; Stevie Wonder, en el noveno; y James Brown, en el décimo.
El primer intérprete blanco incluido entre los cien mejores cantantes de la historia es Elvis Presley, en el tercer lugar, mientras que John Lennon aparece en el quinto y Bob Dylan, en el séptimo.
Según ha explicado Rolling Stone, esta clasificación se ha realizado con los votos de "todos los protagonistas de la industria musical", incluidos los propios cantantes, mediante un formulario que debían rellenar con los nombres de veinte intérpretes.

El hombre de la Esquina Rosada


Ayer Borges y Piazzolla. Hoy Daniel Binelli, Jairo y Lito Cruz

Hace exactamente treinta y cuatro años que se conoció la grabación, en el sello Polydor, de la suite "El hombre de la esquina rosada" y cinco temas más que, sobre textos de Borges, compuso Piazzolla. La recitó Luís Medina Castro y los cantó Edmundo Rivero junto al grupo excepcional formado por Astor.
Hace dos años el sello discográfico Milan Sur editó un disco con el mismo material, esta vez con la voz de Jairo, el grupo presidido por el bandoneonísta Daniel Binelli y el actor Lito Cruz. Ellos lo presentaron en vivo en el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires, solamente las obras cantadas de Borges y Piazzolla.

Grandes canciones desde otro siglo

Murga, tango, rock y baladas se mezclan con la mejor poesía urbana en un regreso que debe ser para quedarse.

Escuchando “Yo vengo de otro siglo” se comprende dónde quedó aquello que Alejandro del Prado decidió guardar durante más de veinte años. Esa mezcla de tango, balada, murga y rock, condimentada con la mejor poesía urbana (ya fuera en las letras de Jorge Boccanera, autor de los textos de su disco Dejo constancia, o desde su propia pluma), fue y es única. Estaba allí, con él, guardada, esperando dos décadas para salir de nuevo a sorprender, a tomarle el pulso a tanto roquero que cree haber inventado la pólvora cuando eso, a él, se le había ocurrido hace un rato largo.
Por aquellos tiempos, tanto Dejo constancia (1982) como Los locos de Buenos Aires (1984) –dos discos que después vieron entrelazados algunos de sus temas en un compilado y dejaron su estela en una mítica grabación realizada en Santa Fe en 1985– eran la contraseña de quienes no querían renunciar a los sonidos nuevos pero se sentían identificados con una porteñidad sin culpas ni lamentos que al tango tradicional le faltaba. Canciones como “Carta”, “Si te contara”, “Aquella murguita de Villa Real” o “La Marcha de la Pelota” sonaban irremediablemente a Buenos Aires, transpiraban infancia, corrían a la par de los recuerdos de tantos.
La aparición de este nuevo disco, que recoge composiciones que Del Prado fue acumulando a lo largo de más de dos décadas, es recuperar a un artista, ciertamente, pero también es como volver a mirarse la cara en el espejo: ya desde el primer tema, “Con 2X Y 1 tango”, Del Prado planta bandera con un tema que no es un tango solamente porque no está en 2x4, a la manera de “Los locos de Buenos Aires”, ese hit que se colaba entre Abuelos y Soda. Al mismo riñón podría decirse que pertenecen “Yo conozco un Buenos Aires”, que pasa con pasmosa facilidad de milongón a balada; “Para que los gorriones vuelvan” (conmovedoramente autorreferencial, con Bach sobrevolando la melodía sin esfuerzo), y la genial “Con este porcentaje de humedad”.
Las últimas tres composiciones, “Las virtudes del petardo”, “Pagadiós” y “Zitarroseando” (homenaje, por si quedaran dudas, al enorme Alfredo Zitarrosa, de quien Del Prado fue uno de los guitarristas acompañantes), son lo que este singular artista ofrece para dejar abierta una puerta que ya no debería volver a cerrar. Termina el álbum con una versión preciosa de “Si te contara”, grabada en vivo en 1986 y cantada a dúo con Susana del Prado, su esposa, fallecida el año pasado. No está mal bajar el telón con una gran canción venida, como ellos, de otro siglo.

Fuente: www.criticadigital.com.ar

“Un país para César Ferri”

Resumen de la segunda novela de Jorge Cuadrado:

César Ferri ya no se reconoce en el espejo. Acaba de golpear a su mujer y profanar la habitación de su hijo pero no tiene tiempo de arrepentirse. El gobernador lo espera en el aeropuerto para viajar a una reunión clave en la capital. Un semáforo lo detiene en la madrugada y dos extraños que se acercan cambiarán el curso de su día.La voluntad es pura ilusión, la conciencia el resultado de impulsos eléctricos y reacciones químicas y Dios un programador de criaturas biológicas. Frente a tales desafíos, César Ferri se ve obligado a explorar las cavidades humanas y averiguar quién gobierna en secreto la vida de los hombres.

Capítulo uno
"Tuve que dormir en la cama de mi hijo"

Habíamos discutido con el desinterés de siempre hasta que Isabel dijo que una puta era menos servil que ella. Me sorprendió, porque no suele usar esos modos, pero aun así esperé una continuación razonable: mi pedido de calma, su última advertencia, un té de hierbas. Te equivocaste, Ferri, lo que hizo fue descargar una andanada de reproches y refregarte todo lo que había resignado por estar con vos.
Entre otras revelaciones, dijo que le hubiese gustado ser actriz. Un buen marido habría pedido perdón por veinte años de indiferencia y aceptado sin objeciones una condena, pero yo ni siquiera había tenido un sueño y no por eso iba a echárselo en cara. Así que cuando le escuché decir que la irritaban mis certezas, solté una carcajada. No hubo tiempo de decirle que no me reía de ella. Empezó a gritar. A repetir que cada día me parecía más a mi padre. No debería haberlo hecho.
Empecé a ver manchas. El aire era oscuro, los muebles me caían encima y la propia Isabel se había convertido en una imagen deforme. Tuve que defenderme a trompadas. Dos, quizás tres. Después la vi en suelo, resbalando, y no alcancé a ayudarla: se incorporó como pudo, corrió por la escalera y se encerró en el dormitorio.
De repente estaba solo frente al ventanal del living, con la botella de Jack Daniels en la mano y la ciudad que se desparramaba más allá de la barranca. Ni el invierno ni la noche tenían respuestas. Busqué en el garaje la colcha que usamos para que no se llene de polvo la mesa de ping pong, la sacudí, apagué las luces y me acosté en el sofá. Es increíble lo angosto que puede ser un sofá después de una pelea. Me acomodé de un costado, del otro, acerqué la mesa ratona para no caerme, me levanté, busqué sin éxito pastillas en la heladera. Isabel no dejaba de llorar. Era un llanto contenido, es lógico, también ella tiene su orgullo, pero lo escuchaba tan claro que pensé que era su forma de llamarme. Entonces subí despacio, guiándome por los gemidos, entusiasmado con la idea de cambiar las cosas. Cuando alcancé el rellano y no los escuché, supuse que se había puesto en guardia y me mantuve unos minutos a la expectativa. Un tipo decidido la habría enfrentado lo mismo, en cambio vos, Ferrito, presumiste que para ser valiente bastaba con no retroceder y te escondiste en la pieza de tu hijo.
Abrí la cama pero no resultó fácil: la culpa destila un olor que se impregna en las sábanas. Tampoco las opciones intermedias como taparme con el cobertor o dormir en la alfombra me hubiesen enaltecido. Así que me senté a esperar una solución y tuve suerte: Isabel volvió a llorar. Esta vez era un ahogo intermitente, una o dos bocanadas de aire seguidas de un suspiro. Creí que me estaba dando otra oportunidad y para no volver a fracasar gateé hasta la puerta del dormitorio y pegué la espalda contra la pared, como un espía de comedia. Conté hasta cien. Imaginé que me ofrecía compartir la almohada y se acurrucaba conmigo. Pero lo cierto es que no tuve el valor de entrar y ni siquiera me cayó una lágrima de remordimiento. Volví caminando a la pieza de Valentín y me acosté sin ceremonias.
Ahora estoy más tranquilo. Dormí poco pero no soñé nada desagradable. Es curioso, siempre pensé que pegarle a una mujer me haría sentir indigno de ser hombre y aunque me cueste admitirlo siento que los golpes me quitaron una carga. Lo de la cama de mi hijo es diferente.
Amontono las sábanas usadas y las tiro al suelo para llevarlas al lavarropa. No quiero que Valentín aparezca por sorpresa y las huela en el canasto. Es repugnante oler a padre. Saco de la cómoda un juego perfumado, lo tiendo sobre el colchón y dejo la cama mejor de lo que estaba, tanto que hasta Isabel va a dudar de que pasé por acá. Después recojo mi ropa y camino hacia el baño sin hacer ruido. No quiero despertarla todavía.

La ducha de esta hora es uno de mis pocos momentos de placer. César Ferri sobre la pila bautismal, regado con agua bendita. La regulo para que salga bien caliente y me quedo quieto dos o tres minutos, pensando en nada. Me pongo el champú y la crema de enjuague de Isabel; le uso la esponja, el jabón, paso otro rato enjuagándome y me seco con su toalla. Es la primera vez que lo hago, como si de pronto tuviera la necesidad de frotarme contra esa humedad y no terminar nunca. Pero termino y hay tanto vapor que a tientas encuentro el inodoro. Hasta no hace mucho me avergonzaba orinar sentado. Ya no. Ahora no me importa si la luz está apagada o me olvidé de bajar la tapa; además puedo pensar en el futuro o remediar un descuido. Las sábanas de Valentín, por ejemplo, no puedo olvidarme de recogerlas antes de salir.
El vapor se disipa y encuentro lo de siempre: pelos en la bañera, agua hasta debajo de la puerta. Limpio y seco con parsimonia. En realidad me demoro porque tengo miedo de mirar al espejo y encontrar alguien que no soy yo. Me pasó una vez. Volvíamos de una semana en las sierras y me había crecido la barba. Cuando entré al baño vi una figura más parecida a mi padre que a mí. El primer impulso fue llenarme la cara de espuma, pero no me pude afeitar. Hace unos buenos años de eso. Desde entonces tengo cierta aprensión a los espejos. Normalmente llego con la cabeza gacha, cierro los ojos y me acerco hasta casi rozarlos con la nariz. Recién desde esa distancia me atrevo a mirar. A la barba nunca me acostumbré. Ha sido un buen disfraz pero nunca dejé de extrañar al antiguo Ferri. Así que es hoy o nunca, y la tijera está afilada. Junto un manojo de pelos grises sobre la barbilla y corto lo más al ras que puedo.
El que asoma no me desagrada. Suena vanidoso decir que no estoy mal para mi edad pero de alguna manera tengo que darme aliento. Voy y vengo con la maquinita, a pelo y contrapelo, y hasta imagino que soy uno de esos modelos publicitarios lampiños que le escaparon al acné. Me doy unas palmadas en las mejillas, me pongo la bata y salgo hacia la habitación.
Isabel duerme. Le cuesta respirar y ronca un poco. Mi plan es desnudarme y entrar en la cama como un amante furtivo. No tocarla, decirle al oído que me perdone y esperar que ella, dormida o despierta, me pida que la abrace.
Pero vibra el celular en mi mesa de luz, y aunque me sobran razones para no atender, atiendo. Te necesito ahora en el aeropuerto, Ferrito, viajamos a la capital, dice el gobernador. Le digo que no tengo la carpeta lista pero él insiste: se adelantaron los tiempos. Me gustaría decirle que hay algo más importante que esa reunión, más que cualquier candidatura, pero le digo bueno, ya voy. Al principio me sorprendían sus llamadas a cualquier hora y aunque ya pintara para vocero, como decía él, no podía disimular mi desagrado. Después supe que le divertía verme de malhumor y aprendí a impostar un tono amable que a la larga se convirtió en un sello distintivo.
Me pongo el traje, la corbata celeste y recojo el sobretodo. Quizás sea mejor que Isabel esté sola un rato, que también ella encuentre una justificación para lo que hice. La otra opción sería quedarme en la cama y que al gobernador lo acompañe el Papa a la capital. Podría ser, Ferri, por qué no, con un poco de carácter, quién te dice.
Salgo. Sería una irresponsabilidad faltar a mi trabajo en un momento clave. Además, por qué no puedo hacer las dos cosas, viajar a la capital y ayudar al gobernador con mi carpeta, volver a la hora de la cena y pedirle perdón a Isabel. Eso voy a hacer. Las dos cosas. La miro desde la puerta de la habitación pero no encuentro cómo despedirme. Bajo la escalera y paso por el escritorio a recoger la notebook y la carpeta. No tengo tiempo de tomar café y menos de leer los diarios por Internet, aunque supongo que al gobernador no se le va a ocurrir tomarme lección o culparme por algún titular. Llego agitado al garaje, guardo la notebook debajo del asiento, la carpeta en la guantera y le doy arranque al Alfa. Brama como si fuéramos a la guerra.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Libro recomendado: "El viaje del elefante"

El viaje del elefante de José Saramago

El viaje del elefante está inspirado en un hecho real. A mediados del siglo XVI, el rey Juan III de Portugal regaló un paquidermo a su primo en la vecina España, el archiduque Maximiliano de Autria.
El elefante, llamado Salomón, se vio obligado a recorrer media Europa, desde Lisboa hasta Viena, por el capricho de Maximiliano. El viaje sirve a Saramago para crear una historia coral en la que acompaña a Salomón en su sufrimiento y reflexiona sobre la condición humana con fina ironía.
El viaje del elefante, podría ser el último libro de José Saramago, quien tiene 86 años.

Fragmento

No sopla viento, sin embargo la niebla parece moverse en lentos torbellinos como si el propio bóreas en persona, la estuviera soplando desde el más recóndito norte y desde los hielos eternos. Lo que no está bien, lo confesamos, es que, en situación tan delicada como ésta, alguien venga y se ponga a sacarle lustre a la prosa para añadirle algunos reflejos poéticos sin asomo de originalidad. A esta hora los compañeros de la caravana ya han notado la falta del ausente, dos se han declarado voluntarios para retroceder y salvar al desdichado naufrago, y eso sería muy de agradecer si no fuese por la fama de poltrón que le quedaría para el resto de su vida, Imagínense, diría la voz pública, el tipo allí sentado, esperando que apareciese alguien a salvarlo, hay gente que no tiene ninguna vergüenza. Es verdad que estuvo sentado, pero ahora ya se ha puesto en pie y ha dado valientemente el primer paso, la pierna derecha primero, para exorcizar los maleficios del destino y de sus poderosos aliados, la suerte y la casualidad, la pierna izquierda de repente dubitativa, y no era caso para menos, pues el suelo ha dejado de verse, como si una nueva marea de niebla hubiese comenzado a subir. Al tercer paso ya no consigue ver ni siquiera sus propias manos extendidas hacia delante, como para proteger la nariz del choque contra una puerta inesperada. Fue entonces cuando se le presentó otra idea, la de que el camino tuviera curvas a un lado y a otro, y que el rumbo adoptado, una línea que no sólo quería ser recta, una línea que también quería mantenerse constante en esa dirección, acabara conduciéndolo a páramos donde la perdición de su ser, tanto la del alma como la del cuerpo, estaría asegurada, en el último caso con consecuencias inmediatas. Y todo esto, oh suerte malvada, sin un perro para enjugarle las lágrimas cuando el gran momento llegase. Todavía pensó en volver atrás, pedir abrigo en la aldea hasta que el banco de niebla se deshiciera por sí mismo, pero, perdido el sentido de orientación, confundidos los puntos cardinales como si estuviese en un espacio exterior del que nada supiera, no encontró mejor respuesta que sentarse otra vez en el suelo y esperar que el destino, la casualidad, la suerte, cualquiera de ellos o todos juntos, trajeran a los abnegados voluntarios hasta el minúsculo palmo de tierra en que se encontraba, como una isla en el mar océano, sin comunicaciones. Con más propiedad, una aguja en un pajar. Al cabo de tres minutos, dormía. Extraño animal es este bicho hombre, tan capaz de tremendos insomnios por culpa de insignificancias como de dormir a pierna suelta en vísperas de la batalla. Así sucedió. Entró en el sueño, y es de creer que todavía hoy estaría durmiendo si salomón no hubiera soltado, de repente, en cualquier lugar de la niebla, un barrito atronador cuyos ecos podrían haber llegado hasta las distantes orillas del ganges. Aturdido por el brusco despertar, no consiguió distinguir en qué dirección podría estar el emisor sonoro que había decidido salvarlo de un congelamiento fatal, o peor aún, de ser devorado, porque esto es tierra de lobos, y un hombre solo y desarmado no tiene salvación ante una jauría o un simple ejemplar de la especie. La segunda llamada de salomón fue más potente aún que la primera, comenzó siendo una especie de gorgoteo sordo en los abismos de la garganta, como un redoble de tambores, a la que inmediatamente sucedió el clangor sincopado que forma el grito de este animal. El hombre ya va atravesando la bruma como un caballero disparando la carga, de lanza en ristre, mientras mentalmente implora, Otra vez, salomón, por favor, otra vez. Y salomón le respondió, soltó un nuevo barrito, menos fuerte, como de simple confirmación, porque el naufrago que era ya dejaba de serlo, ya se va acercando, aquí está el carro de intendencia de la caballería, no se le pueden distinguir los pormenores porque las cosas y las personas son como borrones indistintos, otra idea se nos ocurre ahora, bastante más incómoda, supongamos que esta niebla es de las que corroen las pieles, la de las personas, la de los caballos, la del propio elefante, pese a su grosor, que no hay tigre que le meta el diente, las nieblas no son todas iguales, un día se gritará, gas, y ay de aquel que no lleve en la cabeza una celada bien ajustada. A un soldado que pasa, llevando el caballo de las riendas, el naufrago le pregunta si los voluntarios ya han regresado de la misión de salvamento y rescate, y éste respondió a la interpelación con una mirada de desconfianza, como si tuviera delante a un provocador, que haberlos los había en abundancia en el siglo dieciséis, basta consultar los archivos de la inquisición, diciendo secamente, Dónde has ido a buscar esas fantasías, aquí no ha habido ninguna petición de voluntarios, con una niebla así la única actitud sensata es la que adoptamos, mantenernos juntos hasta que se levantara por sí misma, además, pedir voluntarios no es muy del estilo del comandante, en general se limita a apuntar tú, tú y tú, vosotros, adelante, marcha, el comandante dice que, héroes, héroes, o vamos a serlos todos, o nadie. Para hacer más evidente las ganas de acabar la conversación, el soldado subió rápidamente sobre el caballo, dijo hasta luego y desapareció en la niebla. No iba satisfecho consigo mismo. Había dado explicaciones que nadie le pidió, realizado comentarios para los que no estaba autorizado. Sin embargo, le tranquilizaba el hecho de que el hombre, aunque no parecía tener el físico adecuado, debería pertenecer, otra posibilidad no cabía, que se sepa, al grupo de los que fueron contratados para ayudar a tirar y empujar los carros de bueyes en los pasos difíciles, gente de pocas hablas y, en principio, de escasísima imaginación. En principio, dígase así, porque al hombre perdido en la niebla imaginación no parece haberle faltado, vista la ligereza con que sacó de la nada, de lo no acontecido, los voluntarios que deberían haber acudido a salvarlo. Afortunadamente para su credibilidad pública, el elefante es otra cosa. Grande, enorme, barrigudo, con una voz capaz de asustar a los menos timoratos y una trompa como no la tiene ningún otro animal de la creación, el elefante nunca podría ser producto de una imaginación, por muy fértil y propensa al riesgo que fuese. El elefante, simplemente, o existía, o no existía. Es por tanto hora de visitarlo, hora de agradecerle la energía con que usó la salvadora trompeta que dios le dio, si ese sitio fuera el valle de josefat habrían resucitado los muertos, pero siendo sólo lo que es, un pedazo bruto de tierra portuguesa ahogado por la niebla donde alguien, quien, estuvo apunto de morir de frío y de abandono, diremos, para no perder del todo la trabajosa comparación en que nos metimos, que hay resurrecciones tan bien administradas que llega a ser posible su ejecución antes de que le sucedan al propio sujeto. Era como si el elefante hubiese pensado, Ese pobre diablo va a morir, voy a resucitarlo. Y aquí tenemos al pobre diablo deshaciéndose en agradecimientos, jurando gratitud para toda la vida, hasta que el cornaca se decidió a preguntarle, Qué es lo que el elefante ha hecho para que le estés tan agradecido, De no ser por él, yo habría muerto de frío o habría sido devorado por los lobos, Y cómo consiguió eso, si no ha salido de aquí desde que se despertó, No ha necesitado salir de aquí, fue suficiente que soplara su trompeta, yo estaba perdido en la niebla y fue su voz la que me salvó, Si alguien puede hablar de las obras y de los hechos de salomón, soy yo, que para eso soy su cornaca, por tanto no vengas con esas tretas de que has oído un barrito, Un barrito, no, los barritos que estas orejas que la tierra ha de comerse fueron tres. El cornaca pensó, Este fulano está loco de atar, se le fue la cabeza con la fiebre de la niebla, eso es lo más seguro, de casos semejantes se ha oído hablar, Después, en voz alta, Para no quedarnos aquí discutiendo barrito sí, barrito no, barrito quizás, pregúntale a esos hombres que vienen por ahí si han oído algo. A los hombres, tres bultos cuyos difusos contornos parecían oscilar y temblar a cada paso, daban inmediatas ganas de preguntarles, Adónde queréis ir con semejante tiempo. Sabemos que no era ésta la pregunta que el maníaco de los barritos les hacía en este momento, y sabemos la respuesta que le estaban dando. Lo que no sabemos es si alguna de estas cosas están relacionadas unas con otras, y cuáles, y cómo. Lo cierto es que el sol, como una inmensa escoba luminosa, rompió de repente la niebla y la empujó a lo lejos. El paisaje se hizo visible en aquello que siempre había sido, piedras, árboles, barrancos, montañas. Los tres hombres ya no están aquí. El cornaca abre la boca para hablar, pero vuelve a cerrarla. El maníaco de los barritos comenzó a perder consistencia y volumen, a encogerse, se hizo redondo, transparente como una pompa de jabón, si es que los pésimos jabones que se fabricaban entonces eran capaces de formar esas maravillas cristalinas que alguien tuvo el genio de inventar, y de repente desapareció de la vista. Hizo plof y se esfumó. Hay onomatopeyas providenciales. Imagínense que teníamos que describir el proceso de evaporación del sujeto con todos los pormenores. Serían necesarias, por menos, diez páginas. Plof.
Fuente: http://blog.josesaramago.org/indexspa.php

Detrás del cartel

Las calles nos orientan diariamente en nuestras vidas, nos sirven como brújulas para darnos la dirección adonde pensamos dirigirnos.
Cuando consultamos sobre tal o cual lugar, ellas nos guían, lo hacemos perceptivamente, no nos paramos a pensar quién será esa persona que está detrás del nombre de esa calle. Descubrí su identidad y conocé su historia.

La calle Corro

Miguel Calixto del Corro, nació en Córdoba el 14 de octubre de 1775.
Estudió en el Colegio Montserrat y en la Universidad de San Carlos, hasta graduarse de doctor en Teología en 1798. En 1800 se ordenó sacerdote, y después de unos años obtuvo una silla en el Cabildo Eclesiástico. Fue durante dos años cura interino en Salta y en Córdoba. Se desempeñó como catedrático de Teología, Provisor, cura de la Catedral y Canónigo Magistral. Ya en 1809 preconizaba la independencia, en un escrito que hizo circular y que alarmó a las autoridades españolas. Se plegó con entusiasmo a la Revolución de Mayo, fue elegido diputado por Córdoba a la Asamblea de 1813, aunque no llegó a incorporarse.
Integró la junta de notables asesora del gobernador José Javier Díaz, y tuvo preponderante actuación en la vida política cordobesa de esos años.
En 1816, a poco de asumir el rectorado de la Universidad Nacional de Córdoba, fue electo diputado al Congreso de Tucumán en reemplazo del Deán Gregorio Funes. Comisionado por el cuerpo para hacer gestiones de paz en los pueblos del litoral, a fin de neutralizar la oposición de los federales dirigidos por José Artigas al Congreso, el doctor Del Corro estuvo ausente el 9 de julio y no pudo firmar el acta de la declaración de independencia de la Argentina. En realidad, Corro no consiguió convencer a Artigas de reconocer la autoridad del Congreso, sino que desempeñó misiones diplomáticas para la Liga Federal que éste dirigía. Se reincorporó más tarde al Congreso, pero cuando éste fue trasladado a Buenos Aires, se negó a realizar el viaje, aduciendo que el Congreso sería indebidamente presionado en favor de los intereses de la capital.
En 1829, mientras era nuevamente rector de la Universidad Nacional de Córdoba, fue designado representante de Santiago del Estero en la convención que nombró a José María Paz como jefe militar de la Liga del Interior, en las operaciones contra Juan Manuel de Rosas. Fue diputado. En 1831, al ser apresado José María Paz, se retiró de la vida pública. Falleció en Córdoba el 16 de septiembre de 1841.

¡El niñito Dios pasó por Bell Ville!

Esta historia nos recuerda a las navidades de hace unos años atrás. Donde cada pueblo la festejaba de manera particular: con sus anécdotas, sus personajes, sus modos de vida. Rescatando el espíritu navideño.
Que la disfrutes.

Por David Picolomini

En los ’70, el 24, a eso de las seis y media, ya ostentaba la mesa grande en el patio. Las mujeres de la casa ya habían mandado a buscar el hule nuevo para colocarle encima. En verdad, se trataba de un añoso y largamente doblado mantel de algún derivado del plástico que solamente se utilizaba para los grandes encuentros y que se resistía a adoptar los contornos de la tabla rectangular revestida en fórmica.
Una cuñada, una hermana menor, una novia nueva y un caballero diestro en la cocina competían con algazara en el cortado de todo tipo de frutas para la exagerada confección del ineludible clericó.
El padre, en rigurosa camiseta sport, se ocupaba, en desafiante equilibrio sobre una silla, de cambiar las lámparas de 40 watts por otras más adecuadas, de 75. “Viejo, no pongas bombitas tan grandes que después se llena de bichos la ensalada rusa”, alertaba la patrona.
Algún changuito de la familia había sido comisionado a manguerear un poco el escenario del encuentro, cosa que aflojara el acoso de la graduación térmica. Los perros se entretenían, entre tanto, en desmembrar a un deslucido Papá Noel de cartón que había venido en la revista Billiken.
A eso de las 9, ya se había ordenado a los menores a propinarse la correspondiente “ducha navideña”, único ritual que ostentaba carácter obligatorio en esos feriados religiosos. Diez o quince minutos después, el niño-nuevo hacía su ingreso triunfal con sus mejores galas; zapatitos charolados de lo “Barquín”, medias “Ciudadela”, nívea, camisa de la comunión adquirida en “Casa Rosa” y pantalón corto marrón oscuro, heredado de algún primo.
Poco menos de media hora después de semejante producción, cada uno de estos intérpretes parecían “¡la patente imaggen de laz zabandijjaz, de los máz encumbradoz forajjidoz, de los huérfanoz máz abandonadoz de la zuerte Rapazes de porquería!”, según decía una sobreviviente bisabuela de galaica raigambre.
Se sabe que cuando los primos no se ven de manera muy continua, cada aguardado encontronazo se magnifica, se echa a andar la vorágine, el estrépito y el descontrol. La travesura se supera por experiencia adquirida.
Unos le hacían tragar cohetes encendidos a los sapos, otros le ataban buscapiés y ametralladoras a la cola de los gatos del barrio; las niñas se trepaban con su celestial investidura a las plantas y tapias de todas las inmediaciones. De pronto, alguno lloraba desconsoladamente, y nunca faltaba el que sangraba. Todo, porque era Nochebuena y los pibes se juntaban en la vieja casona familiar.
A las 10 de la noche, ya se había completado el plantel de invitados esperados y también el pequeño cupo de paracaidistas de siempre. Un cuñado recientemente separado, un amigo de la casa al que siempre se le va la mujer a festejar por otra parte, la suegra de alguien impreciso y, una ignota y bien proporcionada señorita, que era el blanco de las miradas varoniles y las inquisiciones femeninas durante toda la velada.
Para este festejo, durante una semana previa, se había realizado un pormenorizado repaso: “¿Quiénes vienen?, ¿Cuántos seremos?, ¿Vamos nosotros o vienen ellos?”.
“Hay que pasar a buscar el lechón por Monte Leña, los pollos de la “Superval”, dos barras de hielo de lo “Chinetti” y las damajuanas de vino, por lo de “Ballari”, ordenaban los mayores.
En el fondo del terreno, un glorioso fuentón de cinc de importantes dimensiones, había sido destinado a enfriar las bebidas. Allí se iban esparciendo los trozos de hielo sobre las botellas de gaseosas, de sidra, de vino y la olla del clericó. Finalmente, una generosa bolsa de arpillera campesina cubría piadosamente el contenido.
A las 22 y pico, la escena central estaba ya dedicada a nutrir el espíritu: meta peladillas, clericó, ensaladas, pickles, empanadas extra dulces, almendras, turrones, maní con chocolate, nueces, pollo a la parrilla, alcohol en todas sus destilaciones, pan dulce, helado de lo “Yanchuc”, avellanas y porcino bien adobado. Encima, las señoras se quejaban de “la calor”.
En medio de la humareda y el olor acre de los cohetes, en geométrica progresión de estallido y estrago, alguien suplicaba con el último hilo de voz, gastada de tanto retar a los niños y a los perros asustados: “¡¡Despierten al abuelo que se acostó y tenemos que brindar!!”.
A las 12 y cinco, ya habíamos brindado con sidra, con vino, con “Yuyol” y con “Paratropina”. El tropel de argentinitos del mañana ya se abalanzó sobre el árbol de navidad -nevado con algodones- dejándolo como para que Greenpace lo declare especie en riesgo.
El niñito Dios había estado por la casa. Luego de los consabidos berrinches infantiles por la disconformidad de los regalos, alguien ayudaba al abuelo a regresar a sus aposentos, otro ayudaba al beodo reglamentario a conservar la vertical y otro se encargaba de abrir la puerta a todo desubicado que quería brindar. De inmediato, tal como si todo hubiera estado guionado, aparecían desde el baño las más jóvenes, vestidas como para resucitar a los ancestros, quienes lagrimean desde los retratos en sepia.
“Nos vamos a `Karotta´”, anticipan las ex infantas. “¡¡Vos así no vas a ninguna parte!!”, decía el prehistórico padre, mientras se derramaba encima de la “Chemise” nueva un vaso completo de “Córdoba Dorada”.
A las cuatro y cuatro, ya todo había concluido. Sobre la mesa quedaban envases de sidra (todas empezadas), un perro lamía las garrapiñadas esparcidas, la abuela, con aros de perlas y delantal de lavar los platos, yacía sumida en el más profundo sueño navideño, pero sentada.
Todo Bell Ville, casi a desgano, recogía sus mejores manteles hasta la llegada del nuevo año.

jueves, 18 de diciembre de 2008

El diario El ancasti del 28de noviembre de 2008, informaba: Una niña de un año y cuatro meses de vida murió en brazos de su padre mientras intentaba llevarla a lomo de mula al hospital de la localidad de Tatón, en el norte del departamento catamarqueño de Tinogasta, desde la inhóspita localidad de Río Grande. La pequeña fallecida fue identificada como Angélica Magdalena Suárez. Al parecer perdió la vida como consecuencia de una patología respiratoria grave que padecía por lo menos desde hacía cuatro días.

Angelica
Por Edgardo Moreno

Jamás sabremos si en su última mirada se llevó el recuerdo inmarcesible de los cíclopes dormidos a los pies de la alta puna. Si pudo verlos desperezar sus colores milenarios a la llegada del alba. Si temió en el ocaso. Cuando los dioses pétreos de la cordillera avanzan como tropeles lascivos hasta poseer la bóveda de estrellas, embriagados con sombras sin contorno.
Nunca lo sabremos. Como el verdugo, conoceremos el filo del acero, su infinitesimal molécula de muerte. No el parpadeo del pensamiento final en cada víctima.
Sabremos, por ejemplo, que Angélica no eligió nacer en los suburbios del mundo, adonde nada llega. Ni la piedad.
Sabremos que su padre murió abrazándola, febril, frente a los mudos dioses de la cordillera; y que él será -en adelante- un mero despojo de soledad. Como otra vicuña lacerada y esquiva que confiará, jamás, ninguna cercanía a los caminos que transite el rostro humano.
Conoceremos el nombre de los victimarios. Nosotros. Ciudadanos voluntariamente vejados por el Estado. Intendentes y capangas eternizados en los votos de la hambruna. Burócratas de crueldades a perpetuidad. Gobernadores de vagancia impúdica. Sacerdotes inmisericordes; jueces oleaginosos; escribas saponíficos.
Conoceremos la improbable huella de su muerte injusta. Un titular de diario, la consternación, la excusa de circunstancia. La breve y santa indignación. La persignación, la lápida, el olvido.
Jamás sabremos del trémolo de vida, de esperanza y de futuro destellando en la sonrisa de Angélica, el día después de su absurdo asesinato en manos de la sociedad catamarqueña.
El día que Angélica no llegó a conocer.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Para no olvidar

El recuerdo nos devuelve la memoria. Siempre está latente.Asechándonos. Haciéndonos vivir aquellos momentos que seguro ya no volverán.
Pueden ser duros, pueden ser hermosos. Pero seguro se quedarán grabados para siempre. Como una herida que no se va y cada tanto la curamos para que no sangre.
Así las utopías, dejaron de estar presas en la oscuridad, salieron a la luz. Las gargantas gritaron con inmensa alegría los gritos más fuertes que estuvieron acallados. Ya no era lo mismo. Había un aire distinto. De fiesta, de primavera al amanecer refrescando. Trayendo un soplo de aura que alivió hasta los corazones más descreídos. La buena nueva se desperdigo por toda la geografía, llenó de cantos hasta los rincones más inhóspitos. Contagió con su esperanza a un pueblo que solo sabía de largos inviernos. Ya no se puede callarla. Hoy vale más que nunca. ¡Como no protegerla si costó tanto!

Se abrieron para siempre los caminos hacia adelante. Ahora la libertad expresada de incontables maneras es la señal que marca nuestra vida, la que cumple nuestros anhelos. También la música, que se escapó del ostracismo trajo sus acordes de mil melodías. Así, se unieron las voces para cantarle al amor, a la tierra, a la liberación, en definitiva a la savia nueva.
Las letras corren alborotadas con la tinta fresca sobre las hojas sueltas que juegan perderse en las manos. Los mensajes volaron por cielos surcados de palomas, que van y vienen a distintos rincones dejando uno a uno en cada puerta. La lluvia se llevó las cenizas del volcán en erupción. Solo se ve el arco iris que dibuja en el horizonte y toca con sus reflejos a los corazones que acaban de despertar de un largo sueño.


Doña Amanda, la locrera de Quilino

Para Doña Amanda el 17 de agosto es un día especial. Lo espera todo el año porque es el día del patrono de Quilino. Bien temprano en su casa “los amargos” marcan el comienzo de la jornada tan ansiada. Ella, como buena serrana, dice que la peperina en el mate es indispensable. Que le da ese gustito especial para empezar la mañana.
Con su mate en la mano y la mirada puesta en el horizonte, donde se dibujan las palmeras caranday, piensa en los ingredientes que llevará el locro. Sabe que mas allá del zapallo, los porotos y los cueritos de chancho, el elemento fundamental para el guiso es el amor. Ese cariño que le ponen las abuelas a las comidas, que no se compra en ningún lado.
Este domingo el pueblo se vera invadido de fieles que creen en San Roque. Vendrán desde lejos para agradecer y pedir al santo de los enfermos.
Doña Amanda prepara su mejor delantal. El que coció con sus propias manos y le hizo un bolsillo grande para guardar el pañuelo. Se calza las zapatillas más cómodas para estar bastante tiempo parada al lado del calor. Ya juntó las mejores ramitas y los troncos especiales de chañar para preparar el fuego. Después llegan los muchachos para acomodarla ahí en la sombra donde se hará el gran asado. Seguramente murmura en voz baja que “la gran estrella” para los visitantes será el cabrito, pero a la vez piensa que el locro tiene asignado el segundo lugar por ser nuestra comida típica.
A media mañana mientras está envuelta en los quehaceres para la fiesta, ve llegar a los peregrinos. Estos pasean por la feria que se armó en la calle céntrica alrededor de la plaza. Tiene de todo: sombreros, anteojos para leer, para sol, muñecos de barney, patay, discos de la mona, artesanías…
Entonces, decide que es hora de prender el fuego y poner la olla. “La locrera de quilino” entiende por su experiencia que al mediodía la salsa debe estar lista y los porotos bien cocidos.
En cada plato que sirve, Doña Amanda entrega un pedazo de su vida. Y está feliz porque su trabajo redituará en beneficio del pueblo.
Ya falta menos para las cuatro de la tarde, hora que estará lista la procesión. Ella, como todos los fieles viste la mejor ropa, el mejor peinado, los mejores zapatos.
Es una mas de las cinco mil personas que le piden al santo un buen año, más venturoso y que traiga salud para todo el mundo.
El sol cae en el norte de Córdoba. El día de fiesta esta pasando y la “locrera de Quilino” ya piensa en el próximo locro.